Juan Bonilla: «Los rasgos identitarios son lo que menos me interesa de la poesía»

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El Premio Nacional de Narrativa de España fue tan sorprendente para Juan Bonilla (Jerez de la Frontera, 1966),  como inalterable para su vida diaria. En octubre recibió la noticia de que su novela, Totalidad sexual del cosmos (Seix Barral), era merecedora de este reconocimiento, y han bastado menos de tres meses para que el escritor vuelva a la carga con su poesía más caleidoscópica, tanto en el contenido —amoroso, social, existencial, memorialístico— como en las propuestas formales.

Siempre obstinado en difuminar los contornos de los géneros literarios, a Bonilla le interesan las novelas donde late la poesía, los poemas que pudieran ser relatos, las biografías que apuntan al ensayo pero no renuncian a la ficción… Precisamente su afán heterodoxo, ajeno a dogmas y encasillamientos, cristaliza en “Identidad”, uno de los poemas contenidos en Horizonte de sucesos (Renacimiento), que remite a la multiplicidad de personalidades y recuerda al espíritu pessoano: “Estoy lleno de gente / soy tantos que no sé quién ya no soy”. En todo caso, reconoce etiquetas como la que le asignaba el jurado en el acta del Nacional.

Pregunta. ¿Cómo se ataja eso de que le llamen “letraherido” los mismos que le acaban de conceder una distinción tan célebre?

Respuesta. Es un catalanismo, lletraferit. La verdad es que no me hizo el menor daño, me han llamado cosas peores. El problema no es que los escritores seamos letraheridos —es casi una redundancia—, sino que tenga que señalarse que algún escritor lo es, como si no fuera la norma, de lo cual se deduce que hay escritores que no lo son, lo que no deja de ser preocupante, porque si los escritores no sienten “una pasión extrema por la literatura”, que es lo que significa letraherido, entonces apaga y vámonos.

P. Estos poemas parecen los de un nihilista —“ha sido un día más, / es ya un día menos”— que, sin embargo, anda empecinado en “encontrar la gracia” en el proceso vital “que lleva de la nada hasta la nada”. ¿Cómo se establece ese equilibrio?

R. Es que no hay contradicción: que tú sepas cuál es tu destino no significa que no trates de celebrar todo lo que esté en tu mano el trayecto. “De la nada hasta la nada” citas, pero no citas lo que sigue: “pasando por el todo”. El todo, si es que lo hay, que no puede haberlo, está en el trayecto, que es lo único que le puede importar a uno, el lugar de la celebración, porque el otro —el de destino— no está en ninguna parte, y cuando esté, ya no estaremos.

P. El insomnio y los sueños están muy presentes a lo largo del poemario, y a menudo se imbrican en lo autoconfesional. ¿De esas correspondencias surge su poesía?

R. Mis poemas, como los de cualquiera, surgen de fuentes muy distintas, pero las fuentes —como en los ríos— no son más que un gotear de agua entre rocas que va haciendo surco esperando las lluvias que lo alimenten. Así que insomnios y sueños, experiencias y ficciones, ocurrencias y ganas de cantar, realidades y deseos se van enlazando para, de vez en cuando, acabar crucificados en un poema. No me interesa demasiado lo que hay antes del poema.

Las piezas de un puzle

P. La simbología de los espejos, otro de los leitmotivs de su obra, remiten al peso de la identidad en su escritura. En poesía, ¿la revelación de la identidad se corresponde con la exhibición de la intimidad?

R. ¡Me haces preguntas que yo no me hago nunca! La identidad no tiene mayor misterio, para mí es un asunto que carece de interés —salvo en caso de persecuciones. Su pronombre es el “Nosotros”, lo que ya está declarando una guerra. No he elegido la mayoría de mis rasgos identitarios: soy blanco, andaluz, de los ochenta —uno es de la década en que fue adolescente—, etc. Entiendo que si fueran otros esos rasgos, la identidad fuera motivo de canto. Los rasgos identitarios que sí he elegido nacen todos de decisiones íntimas: te declaras insumiso al servicio militar y al servicio civil, y eso mismo que has decidido tú coincide con lo que han decidido otros cuatro mil, y supongo que en casos así la revelación de un rasgo identitario sí supone una exhibición de la intimidad. Con lo que sí, supongo que sí, puede decirse que siempre que se exhibe mediante el poema un fragmento de intimidad —que es un monstruo que no puede agarrarse fácilmente con palabras, véase La Intimidad, de José Luis Pardo, un libro imponente— lo que llegará a los otros son piezas de un puzle con el que componer una identidad, pero los rasgos identitarios son lo que menos me interesa de la poesía. Quiero decir, la potencia de Paul Celan no se debe a que fuera judío, sino a que exprimió su intimidad de manera tan memorable que escribió “Negra leche del alba”.

Horizonte de sucesos referencia la poética del instante. Los versos del poeta están preñados de pequeñas cotidianidades aparentemente anodinas que se revelan como acontecimientos memorables. No hay detalle, por pequeño que sea, que no pueda convertirse en un poema de Juan Bonilla. Es la principal sustancia de este libro, que incluye al inicio la definición del término al que alude el título: “superficie imaginaria de forma esférica que rodea a un agujero negro”. El catedrático Manuel Lozano Leyva añade en el texto a modo de prefacio que “del vacío puede surgir espontáneamente energía” y no sabemos nada más de lo que allí ocurre. Una suerte de non plus ultra que entronca con el concepto de poesía del autor.

En “Aquí”, la pieza de presentación que precede a los poemas, enumera muchos de los lugares en los que residió. Y allí, como píldoras de geografía vivida, confluyen los episodios biográficos más o menos trascendentales que han modelado la mirada del escritor. Oscilando entre la prosa y la poesía, la potencia de algunos epígrafes a propósito de sus reminiscencias juveniles constituye un buen anticipo del énfasis que se destila a lo largo del libro.

P. La adolescencia es muy significativa en su obra poética. Una vez más, en este libro aparece desde una óptica nostálgica, que casi remite a la romántica “pérdida del paraíso perdido”. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?

R. Cualquier tiempo pasado fue pasado, y por lo tanto ya no está más que cuando lo convocas en el presente —que significa regalo. No pongo a competir mis edades, ni mis edades ni nada, soy poco competitivo, la verdad. Uno busca en lo vivido momentos de esos en los que se dijo “esto es vida”, y al reconocerlos no los echa de menos, sino que se alegra de tenerlos en la memoria, sirviendo de abrigo. No puede haber nostalgia del paraíso perdido porque, como se dice en la prosa con que comienza el libro, más bien me reconozco en la serpiente expulsada que va arrastrándose por todo el planeta buscando otro paraíso.

P. En Horizonte de sucesos el tono del discurso tiene un peso esencial, por cuanto adopta múltiples capas. Es un libro muy heterodoxo y alejado de convencionalismos formales —modelos de poema muy diferentes entre sí, apuesta por la rima en muchos de ellos, renuncia a las mayúsculas y los signos de puntuación según el criterio, etc.—. ¿Cuál era el objetivo?

R. Cada vez creo menos en dogmas, en voces unánimes, en cohesiones formales: cada poema nace con sus necesidades formales implícitas, y no veo razón alguna para uniformarlos si uno me pide renunciar a los signos de puntuación y otros me exigen la rima, la forma de canción. Finalmente los poemas se juntan en un libro, pero luego llega el antólogo —que puede ser cualquier lector que cuelgue alguna pieza en Twitter— y ese abrigo de estar entre otros poemas se pierde, y se tiene que defender solo, que es por cierto como nació.

Ajustando el canon

P. A tenor de sus últimas publicaciones, ¿podríamos decir que mientras en el género narrativo su propósito pasa por investigar a otros personajes, en poesía hay una voluntad de escarbar en uno mismo?

R. Sí, así puede parecer. Pero hace unos meses Manuel Guedán, de Lengua de Trapo, me encargó un texto sobre los años ochenta y empecé a escribir y se me ha ido yendo la mano y ahora estoy escribiendo una novela sobre todo aquello. Chavea se titulará cuando sea capaz de acabarla. Ya veremos.

P. La novela del buscador de libros acredita esa bibliomanía que tanto le han atribuido. Es un habitual en las librerías de viejo, siempre dispuesto a encontrar primeras ediciones, volúmenes de segunda mano… ¿Es que no le gustan los centenares de libros que se publican en España cada semana?

R. Todo lo contrario, me falta tiempo para leer todo lo que quisiera, aunque hace tiempo que aprendí a no estar pendiente de la actualidad y a seguir un orden azaroso, de intereses más bien casuales. Y sólo por insistir en algo que habré dicho, sin mucha fortuna, medio millón de veces: no soy más bibliómano que tú o que aquel. Si lo que nos distingue es que a ti te interesa la poesía que hacen los autores de tu generación y a mí poetas ecuatorianos de los años treinta, me parece del todo inexacto que se repita que yo soy un bibliómano y tú no: sencillamente para acercarme a los poetas que quiero leer tengo que probar en lugares a los que tú no necesitas ir. Eso es todo.

P. En cualquier caso el buscador de libros es, antes que nada, un curioso. ¿También debería serlo el poeta? ¿Dónde debe indagar?

R. Estoy en contra de las reglas, los mandamientos y las guías de comportamiento. La curiosidad puede ser una ventaja y un inconveniente: hace que no te centres en nada, que casi todo te parezca interesante. Unos poetas indagarán en sus experiencias personales, otros en la meditación, otros en sus circunstancias sociales. No hay, por suerte, reglas. Y cuando las ha habido, salían piezas poéticas correctas, que cumplían todos los requisitos exigidos por la moral estática imperante, pero iguales unas a otras, o sea, una fiesta del aburrimiento.

P. ¿Confía en que los autores que descubre sean leídos?

R. Si no guardara un poco de esperanza, no me pondría a editarlos: sí, claro, alguna confianza tengo, aunque casi siempre se vea defraudada. La esperanza no es lo último que se pierde. Lo último que se pierde es la paciencia, y yo soy paciente.

P. ¿Ese gusto por los autores olvidados es, además de una fascinación “enfermiza”, un ajuste de cuentas contra el canon?

R. Quizás sólo es una forma de completarlo. En líneas generales diría que el canon tiene razón, pero porque es una criatura que va cambiando, a la que vamos cambiando, entre todos. Así que no tiene que ver con un ajuste de cuentas ni nada de eso: dado que en ninguna parte está escrito que el tal canon deba contar, como la Academia, con un número cerrado de nombres, me parece que no es vano intento tratar de hacerle sitio a autores que me parecen importantes. Entre ellos, me parecen minusvalorados cuentistas como Gonzalo Suárez o poetas y prosistas como Agustín García Calvo, periodistas como Magda Donado o novelistas como Zunzunegui. Eso en España. En América no acabaríamos nunca, pero me conformaré con citar a Alberto Hidalgo. Y nada, mientras alguien se acerque a ellos y se asome, pues me doy por satisfecho.

Al calor de la literatura

P. ¿Vaticina un futuro para las librerías independientes, a raíz de esta crisis?

R. Soy nulo como arúspice, pero diría que la única solución la encontrarán en la Ley de Joule de la resistencia —en términos de electrónica— como una forma de convertir la energía en calor. Que se conviertan en espacios donde la energía que haya —por medio de una resistencia— se vuelva calor. Tienen la oportunidad, casi la misión, de convertirse en centros culturales, espacios de encuentro. Ahora, cómo se hace eso, eso ya no lo sé.

Juan Bonilla dirige Calle del Aire, mítica revista de la editorial Renacimiento durante los años de la Transición recuperada en el presente. Su desafío pasa por “hacer una revista muy abierta, donde quepan, como en el primer número, la traducción de Amberes de Ford Madox Ford y un cuento inédito de Gonzalo Suárez, poemas de maestros como Felipe Benítez Reyes o Miguel d’Ors junto a poemas de gente nueva como Jaime Cedillo. Las dos primeras etapas de la revista contaron sólo con un número: en esta etapa llegaremos más lejos, espero”. Por otro lado, la misma editorial publicará pronto una nueva edición revisada y ampliada de Teatro de variedades, una compilación de textos del escritor cuyo primer lanzamiento data de 2002.

P. ¿Qué le lleva a reeditarlo ahora?

R. Se agotó la primera edición en el tiempo récord de veinte años, y el editor me propuso reeditarlo y me pareció bien quitar unas secciones y añadir otras nuevas. Era una manera de recoger en volumen algunos de los encargos periodísticos con los que me gané la vida unos años. Paradójicamente para un supuesto buscador de primeras ediciones, no hay nada que le haga más ilusión que alcanzar una segunda edición.

P. Hasta esta entrevista, solo sabíamos de un nuevo proyecto literario pendiente. ¿Ha encontrado por fin el camino que seguirá a Agustín García Calvo?

R. No, y no creo que lo encuentre. En principio me interesaban sus años sevillanos y la relación tan particular con sus discípulos —cómo un ramillete de discípulos van abandonando a un maestro—. Pero García Calvo estaba muy en contra de la literatura, aunque era un grandísimo lector y filólogo excepcional, y hacer una biografía nunca estuvo entre mis planes, y reducirlo a personaje tampoco. Así que de momento me limito a reivindicarlo cada vez que puedo. Además, estoy haciendo una antología de su poesía gracias al permiso de su familia y a pesar de que, naturalmente, él estaba en contra de las antologías.

El Cultural de España


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