¿Existe la censura en la cultura?

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El pasado mes de julio más de 150 intelectuales, entre los que se encontraban autores de la talla de Margaret AtwoodMartin AmisNoam ChomskySteven Pinker, J. K. Rowling o John Banville, alzaron la voz en un manifiesto por la necesidad de «preservar la posibilidad de discrepar sin consecuencias profesionales funestas». Aquella misiva no hacía más que poner en evidencia los riesgos de un sistema que penalizaba a obras y autores por criterios que nada tenían que ver con la calidad de sus creaciones. Además, ponía en entredicho los propios límites de la libertad de expresión y planteaba varias cuestiones relacionadas con la censura. ¿Habría que prohibir obras por cuestiones éticas o de género? ¿En algún momento es justificable esta práctica? ¿Quién lo decide y por qué?

La retirada de las obras de Santiago Sierra en Arco, la incautación del libro Fariña, la cancelación de conciertos de trap o la censura de la obra Me cago en Dios del dramaturgo Íñigo Ramírez de Haro — estrenada en el CBA en 2004—, son algunos de los ejemplos que podemos citar dentro de nuestras fronteras. Para reflexionar sobre ello, sobre los conceptos de libertad de creación artística y censura, sus límites y peligros, y establecer un debate que permita avanzar constructivamente, la Fundación Gabeiras ha organizado las jornadas Libertad, arte y cultura. Censura y censuras, que desde hoy y hasta el viernes reunirá en el Círculo de Bellas Artes, el Museo Reina Sofía y el Museo Thyssen de Madrid a diferentes personalidades culturales y jurídicas. El encuentro, que podrá seguirse por streaming, contará con la presencia de Cristina Morales, Nacho Carretero, Niño de ElcheInés ParísIsrael Elejalde o Pedro G. Romero. En El Cultural, hablamos con ellos sobre su experiencia con la censura y los grandes dilemas de la libertad.

Censura y censuras

Quizás uno de los casos más representativos de los últimos tiempos en nuestro país sea el del periodista Nacho Carretero, que sufrió secuestro judicial de Fariña. Aunque aquello fue más bien una medida cautelar y no una censura en su sentido más estricto, lo cierto es que durante un tiempo el libro estuvo fuera del mercado. “Encontrarme con que una jueza prohibía mi publicación enviaba un mensaje de que de algún modo no había sido riguroso o de que la información no era veraz. Eso me dolió mucho —recuerda ahora el autor—. Como periodistas lo único que nos queda es la credibilidad, si nos quitan o ponen en duda eso, nos afecta”. Felizmente hoy adaptado a la pequeña pantalla, convertido en novela gráfica obra de teatro, aquella experiencia, no obstante, no fue fácil de asimilar para Carretero. “Evidentemente el secuestro hizo que se vendiera más, eso sería absurdo negarlo, pero no fue una repercusión que compensase o que buscásemos. Cuando secuestraron el libro ya iba muy bien. Ya llevaba vendidos unos 40.000 ejemplares. Eso para un libro de no ficción en España es mucho. Ya había una serie de televisión hecha. Ya habíamos llegado a un nivel que yo ni pensaba”, enfatiza.

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En el mismo año que una jueza decidía embargar Fariña, los organizadores de Arco retiraban las obras de Santiago Sierra. Sin embargo, aquello fue para Pedro G. Romero, “una operación de censura típica. El propio gesto heroico y patético del artista ayudaba a esconder el problema real de los presos, una injusticia flagrante, que el artista convertía en operación de lenguaje, de su propio lenguaje. El eco de aquello banalizó una cuestión tan importante como la privación de libertad. En los medios de comunicación «nacionales», y pongo comillas, parecía más importante la retirada de esta obra que lo que estaba pasando con los políticos catalanes presos. Pero, además, esa polvareda en prime time hace que, por ejemplo, el caso de Clemente Bernad pasara a la segunda cadena, este sí un asunto terrible y con la ley aplicada según procedimiento, lo que habla a las claras de lo que significa esa ley».

Para la Premio Nacional de Narrativa, Cristina Morales, la gestión de la censura es parte intrínseca de la tarea de una escritora. Ella misma vio cómo su obra Lectura fácil fue censurada por el primer grupo editorial al que se la envió con palabras, párrafos y hasta un capítulo según contaba en una entrevista a El Cultural. “Desde que me dedico profesionalmente a la literatura he padecido sistemáticos intentos de censura en las editoriales, en los periódicos y en los montajes escénicos por los que he pasado. Los censores/patrones/pagadores lo llaman ‘editing’ o ‘libro de estilo’ u ‘oportunidad política’ o ‘menos es más’ o ‘calidad literaria’”, ironiza la escritora.

A veces el problema ni si quiera tiene que ver con el contenido. Dos de las películas de Inés París, A mi madre le gustan las mujeres y Semen, una historia de amor, fueron reprobadas en Jordania solo por el título. “Deberían haberlas visto ¡son muy “blancas» y tiernas!”, bromea la directora, que también confiesa que autorizó cambios en el montaje final de alguna de sus piezas para poder exhibirlas en la línea aérea de un país árabe. “El problema en el cine en España no es la censura sobre lo que ya está hecho sino la censura “previa”:  la que impone el mercado y decide qué se va a hacer y que no —reflexiona ahora—. La forma de funcionar de este mercado, muy masculinizado, por ejemplo, dificulta el acceso de las mujeres guionistas y directoras”. ¿Por qué?, se pregunta. “Porque cuando una mujer “vende” un proyecto lo hace ante un conjunto de hombres que aunque no la quieran discriminar funcionan con prejuicios que tienen que ver con la ideología patriarcal en la que vivimos: sus referentes son películas dirigidas por hombres y protagonizadas por personajes masculinos, su propia experiencia vital y sus intereses muchas veces les alejan de lo que esa mujer les propone. A nosotras no se nos ve como figuras de poder, cuesta más confiarnos un alto presupuesto…”. 

Existe un factor de género y existe también un criterio ético y moral, como advierte Niño de Elche. “La censura actualmente en el terreno de lo musical se da de diferentes formas dependiendo del campo mercantil y mediático que se trate. En relación con las formas de programación y los primeros baremos que superar a la hora de una contratación tanto escénica como discográfica, siempre se da el interrogante de no saber la línea divisoria entre el criterio artístico del contratante y el juicio ético y moral de dicho sujeto. Ahora bien ¿puede realmente estar desligado el criterio artístico personal al ético y moral? ¿Cuándo es criterio artístico y cuando es censura? ¿Siempre es criterio? ¿Siempre es censura?”, plantea el músico que es el primero en introducir el término de la autocensura en el debate.

Autocensura y redes sociales. Cuando la censura son los otros

“En relación con la autocensura sin duda alguna ese es uno de los graves problemas a los que nos enfrentamos ya que viene precedido por el miedo —prosigue Niño de Elche—. Miedo a ser criticado públicamente sin ningún tipo de matiz, así como el terror a no ser admitido en los diferentes circuitos mercantiles que apoyan modelos estándar dentro de unos ciertos cánones políticos, a mi entender, muy conservadores. Como diría el poeta David Eloy Rodríguez, el problema es que la jaula esté dentro del pájaro”. 

Para el confudador del Teatro Kamikaze, el actor y director teatral Israel Elejalde, la autocensura es un hecho constante. “Es la base principal del ejercicio del arte. El artista de alguna manera establece una serie de mecanismos y va quitando cosas que considera que no es lo mejor o más apropiado para el objetivo que quiere conseguir”. A veces tiene que ver con la estética y otras con las redes sociales, “que eso sí es otro tipo de censura bastante más peligrosa. El miedo que tenemos todos a no ofender en un mundo en el que siempre aparece alguien que se ofende. Como si el sentirse ofendido te diera de alguna manera la libertad de censurar lo que ha hecho el otro. A todos nos ha pasado. Has sentido la presión de tocar un tema que puede ser peligroso. En nuestro teatro tuvimos una clara experiencia de eso con Jauría, que antes incluso de ser estrenada, recibió también presiones de un lado y del otro de todo el espectro político”.

Esa otra autocensura, apunta Carretero, es el gran desafío al que se enfrentan hoy los creadores. “La gran problemática no es tanto un organismo censor como la autocensura”, advierte hasta el punto de que “muchos hemos dejado de opinar en redes sociales para evitar estos linchamientos exprés que ocurren en ellas. Es una pena pero creo que es así. Siempre ha existido la masa haciendo juicios paralelos pero lo que pasa es que ahora lo vemos muy claramente, muy rápido, en el dispositivo que llevamos en el bolsillo. Estamos en un proceso de aprendizaje en el cual mucha gente está optando por el silencio”, argumenta el periodista.

Pero más allá de las redes sociales, se trata de esa “censura del aplauso” de la que habla Inés París que también existe. “En un medio donde todo es tan caro nadie (ni el creador mismo) se quiere arriesgar a que su trabajo no lo vea nadie-confiesa-. Pero la realidad es que nadie sabe que va a funcionar. Conocemos lo que los espectadores/as eligen pero es entre lo que ya hay (lo que miden los logaritmos dichosos) pero no sabemos lo que “ querrían» ver”.

Así que sí, los espectadores quizás hayan terminado siendo parte importante de la censura. “El público y más con la presión que suponen las redes sociales y su poder mediático puede jugar un papel muy importante y determinante para que se den decisiones desafortunadas en relación con la libertad de expresión en el campo de las artes —sostiene en este sentido Niño de Elche—. En los últimos años, tanto algunos públicos con sus campañas en contra de según qué artistas, como algunos jueces, políticos o periodistas-medios, han realizado acciones tan reaccionarias que siguen recordándonos que la libertad es algo tan valioso y tan difícil de defender ante el fanatismo y la incultura de muchos. ¿Cómo defenderla? Intentando superar prejuicios que no es más que ir liberándose de los miedos”. 

¿Es la censura justificable?

Sin embargo, cabe preguntarse, ¿es la censura después de todo justificable en algún contexto? “En el caso de lo artístico —responde Elejalde— creo que incluso va mucho más allá de lo que tiene que ver con las propias opiniones”. Para el dramaturgo lo artístico tiene un marco que se circunscribe a un lugar y que permite que los ciudadanos elijan ya libremente si quieren asistir o no. “En el peor de los casos, si hubiera una obra que defendiera algunas ideas digamos muy opinables o en contra de algunos valores que nosotros creemos que son principios básicos de nuestra sociedad, si el público decide que quiere acudir a ver ese tipo de cosas no creo que la obra sea censurable. Sería en cualquier caso un manifiesto de que algo funciona mal en nuestra sociedad y entonces tendríamos que ir a la raíz. La censura de las obras artísticas, finalmente, me parece que es una forma de cortar la flor dejando la raíz. Siempre te queda la duda de decir quién es el que censura y quién vigila al censurador”.

Además, como advierte París, la censura puede provocar el conocido como «efecto Streisand». Prohibir una obra “consigue con frecuencia un efecto paradójico y despierta gran interés hacia “lo censurado”, explica. “Lo que sí creo es que hay que cuidar los contextos en los que se exhibe una obra de arte –prosigue-. Por ejemplo una obra sobre sexo sadomasoquista explícito no es lo mismo en un museo que en un colegio donde se debería ver solo si es dentro de un discurso educativo.  Yo defiendo la diversidad y pluralidad al tiempo que considero imprescindible que exista una educación que nos enseñe a “leer” las imágenes y los productos audiovisuales de forma crítica”.  

Los peligros de banalizar a la censura

Con todo, advierte Cristina Morales, “la libertad de expresión se ha convertido en un concepto vacío, en un derecho que no es tal, en una de las pequeñas migajas que nos arroja el poder para tenernos contentos y a su vez legitimarse”. Para la escritora, “la libertad de expresión que tenemos el derecho de ejercer debe entrar dentro de unos cauces, de unos límites. Lo que digas jamás debe de intentar subvertir de forma real y radical lo establecido, el orden, la moral dominante. “Habla, pero no actúes; Exprésate, pero con moderación; Alza la voz, pero no molestes a los vecinos.” Estas frases son un buen resumen de cómo percibe la sociedad democrática la libertad de expresión”.

“Se nos otorga la libertad de hablar (en sus propios términos) y se nos niega la de actuar –continúa-. La libertad de expresión que se nos ofrece es aquella que se preocupa del defender el honor de los muertos privilegiados, sin importar que esos muertos sean prácticamente todos unos asesinos y explotadores. Es aquella que en nombre de la tolerancia y el relativismo, equipara el discurso del autobús de HazteOir con el de aquellas que lo enfrentan”, reflexiona.

La importancia de los conceptos es otro de los factores que señala Pedro G. Romero. “No se puede banalizar la censura –advierte-. No es censura decirle a alguien que no quieres mostrar su trabajo si es libre de mostrarlo en cualquier otro sitio. A menudo, artistas de tradición iconoclasta sufren una especie de vacío. Indudablemente es un asunto de diván, de psicoanálisis barato, diría. El iconoclasta sabe que lo que ataca tiene poder por eso lo atacan. Con el paso del tiempo esa operación hace mella y construye su modo de hacer. Y estos artistas necesitan ser atacados, o sea censurados, para sentirse poderosos. En ese sentido han acabado convirtiendo la censura en un medio de comunicación que ha terminado banalizándose. Hasta tal punto es un asunto banal y  está mercantilizado que anestesia al resto de la comunidad ante una censura verdadera. Apenas sabemos distinguir. La banalización es, además, un paso lógico en la mercantilización de lo sagrado”, analiza el artista.

Y es que, como añade Morales, la censura tenía antaño un elemento disruptivo importante. “En otros tiempos en los que la mentalidad democrática no estaba tan grabada a fuego, cuando el poder recurría a la censura, las oprimidas por ella protagonizaban luchas para poder expresarse» Sin embargo, opina que «hoy en día, tenemos la tolerancia democrática tan asimilada, que ante un caso así, la gente solo se pregunta a quien han podido ofender. Entendemos esa censura como algo necesario para la buena convivencia. El poder ha recuperado el término, lo ha vaciado de su contenido original y le ha dado una nueva forma adecuada a sus intereses. Esta es una práctica habitual, pues constituye un gran mecanismo de control social, no sólo de la libertad de las creadoras sino de toda la población”, concluye.

El Cultual.com


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