El actor Richard Douglas pide una ley de censura a los medios

Hace ya muchos años declaré que la Televisión Dominicana necesitaba un salto cualitativo, ya que la mayoría de su parrilla de programación era deficiente o mediocre. Y resulta y viene a ser, que cuando intentamos parecernos a las mayorías menos favorecidas culturalmente terminamos endosando nuestras capacidades creativas y nuestro acervo cultural a las mismas.

Hace ya muchos años declaré que la Televisión Dominicana necesitaba un salto cualitativo, ya que la mayoría de su parrilla de programación era deficiente o mediocre. Y resulta y viene a ser, que cuando intentamos parecernos a las mayorías menos favorecidas culturalmente terminamos endosando nuestras capacidades creativas y nuestro acervo cultural a las mismas.

Por supuesto que existen honrosas excepciones, y todos sabemos a quienes nos referimos. Los que se sienten aludidos son justamente los que forman parte del «montón». Cuando vi las declaraciones de David Ortiz sentí que un hombre público, con una trayectoria gigante y amado por la sociedad que le permitió desarrollar su talento (la ciudad de Boston, y a la cual rindió un homenaje después de la tragedia del maratón y la gente lo aplaudió con auténtica simpatía…) estaba diciendo una verdad muy contundente.

Cuando Tony D’Andrade lo secundó comprendí la visión de un hombre dedicado a la televisión respecto a la imagen que brindamos como país en la República Dominicana, cosa que no se parece a otras áreas de la vida pública.

En sentido general, pienso que el país debe abocarse a la promulgación de una Ley que regule los contenidos audiovisuales en las plataformas públicas de radio, televisión, prensa, cine y redes sociales.

Todos los actores públicos tienen razones y fórmulas para comunicar ofensas y groserías pero la educación nacional requiere de una atención que evite la interpretación tergiversada de los conceptos emitidos.

Alguna vez en nuestra historia existió una Comisión Nacional de Espectáculos Públicos que no solo es víctima de la indiferencia, sino también de la inoperancia y de la falta de sensibilidad por una nación que, en este sentido, ha fomentado la mala educación como sustento de los provechos que de esta pueda devenir.

(Las opiniones de autor son personales y non reflejan la opinión de este medio)

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