Alcatraz: el sangriento motín en la cárcel de donde nadie podía escapar, cinco muertos y una fuga de película

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Le decían La Roca, duró 29 años y por sus celdas pasaron 1500 reclusos. Estaba en una isla frente a San Francisco. La vida allí era dura y tenía fama de inexpugnable. El 2 de mayo de 1946, seis presos quisieron huir y todo terminó en una masacre. Otros tres, en cambio, se esfumaron para siempre. Hoy es una atracción turística

Joseph Cretzer, Bernard Paul Coy, Marvin Hubbard, Sam Shockley, Miran Edgar Thompson y Clarence Carnes. Los seis intentaron huir. Sólo uno quedó con vida
Joseph Cretzer, Bernard Paul Coy, Marvin Hubbard, Sam Shockley, Miran Edgar Thompson y Clarence Carnes. Los seis intentaron huir. Sólo uno quedó con vida

Eran unos desesperados. Y murieron como lo que eran, cuando intentaron, a la desesperada, huir de una desesperación inducida, inoculada como un virus por la prisión más infranqueable del mundo. Eso era Alcatraz en 1946, cuando en un motín que ni siquiera tenía la entidad de tal,cuatro gatos locos intentaron adueñarse de ese penal con bien ganada fama de inexpugnable, para escapar de esa isla que pudo ser un paraíso y fue cárcel, de la misma forma que había sido una fortificación española y es hoy un atractivo turístico en la Bahía de San Francisco, Estados Unidos.

Frank Morris y los hermanos John y Clarence Anglin. Se supone que pudieron huir de Alcatraz, aunque nunca hubo demasiadas pistas sobre su paradero.
Frank Morris y los hermanos John y Clarence Anglin. Se supone que pudieron huir de Alcatraz, aunque nunca hubo demasiadas pistas sobre su paradero.

Es una roca en el Pacífico. Está a sólo dos kilómetros de la costa, diez o doce minutos de ferry, según soplen los vientos y se alcen las olas. Imposible no verla desde el Pier 41, un lugar donde beber unos buenos tragos a cualquier hora del día o la noche. Imposible no verla desde cualquier lado, aun cuando se torne no visible, porque esa roca es una presencia tangible y, hoy, un poco ignominiosa: esos escenarios misérrimos que conforman la historia negra de cualquier país.

Entre el 2 y el 4 de mayo de 1946, seis prisioneros intentaron adueñarse del penal, lo lograron en parte, con la idea de irse de allí, encarar ese viaje tan cercano como inalcanzable hasta la costa luminosa de la bahía, y perderse en la libertad. Cuando vieron esas posibilidades frustradas, cuando entendieron que no iban a poder irse, desataron un baño de sangre que no fue mayor por milagro, pero que requirió el auxilio de la fuerza militar, un batallón de marines que volvió todo a su orden natural con otro baño de sangre. El episodio se conoce como “La batalla de Alcatraz” y, por supuesto, figura como atracción para el turismo que hoy visita la isla, se interesa por saber cómo era aquel infierno y mira y fotografía lo que queda de las 336 celdas que albergaron a unos 1500 presos en los veintinueve años de existencia del penal. Vida corta para una cárcel que prometía ser eterna.

Alcatraz es fruto del desastre económico del crash de 1929 que paralizó la economía de Estaos Unidos y pegó fuerte en el resto del mundo. La delincuencia en Estados Unidos creció el mil por ciento en los decisivos años 30 hasta que, recién en 1932, la presidencia de Franklin D. Roosevelt empezó a enderezar el desarrollo económico y social de los Estados Unidos. Un solo ejemplo: en 1932, el ejército estadounidense era el décimo séptimo del mundo, detrás del checoslovaco. Trece años después, había intervenido en Europa para derrotar al nazismo y había hecho estallar dos bombas nucleares sobre Japón.

A Roosevelt le llevó casi toda su primera presidencia poner otra vez en sus carriles a la economía. En medio, la inmigración interna, aquellos otros desesperados que seguían al sol y a las cosechas, desataba dramas como los que John Steinbeck describió con pluma maestra en “Viñas de ira”.

Para enfrentar al delito, en cambio, había otra receta. J. Edgar Hoover se hizo cargo del FBI ni bien creado, juzgó que, para enfrentar a los gangsters que en los años veinte eran dueños de las calles de Chicago y de Nueva York, lo mejor era edificar un régimen de castigo ejemplar; puso su ojo, que no siempre miró bien, en el servicio penitenciario y creó Alcatraz, una prisión destinada a ser ejemplar. Sería una prisión de castigo, pero eso no estaba dicho: sólo estaba planeado.

Alcatraz es una isla que debe su nombre a las aves que la poblaban cuando los españoles pasaron por allí y construyeron un fuerte rodeado de cañones para defender la bahía cercana. Sus instalaciones se usaron como prisión durante la Guerra Civil que terminó en 1865, y fueron compradas el 12 de octubre de 1933 por el Departamento de Justicia americano. En agosto del año siguiente se convirtió en la prisión invulnerable, “La Roca”, como la bautizaron para siempre.

Por esa cárcel pasaron presos famosos, el más, Alfonso “Al” Capone, ya en los años finales de su triste destino, arrasado por la sífilis y encarcelado por evadir impuestos, justo aquel trueno que tenía más muerte en su haber que algunas guerras. Salió de Alcatraz en noviembre de 1939, con evidentes síntomas de demencia, para ir a morir a Miami en enero de 1947. Hubo otros famosos, como Robert Franklin Stroud, que decía hablar con los pájaros y fue conocido como “El pajarero de Alcatraz”. O como Joe Bowers, que fue el primero de los prisioneros en intentar huir de lo imposible. Bowers cumplía una condena de 25 años de cárcel por robar dieciséis dólares con treinta y un centavos de una oficina de correos. El 1 de abril de 1936 saltó las rejas perimetrales de la prisión, marchó hacia los acantilados y murió acribillado por un guardia. Los presos más famosos, más que Capone incluso, son tres: Frank Morris y los hermanos John y Clarence Anglin que, al parecer, se fugaron de la cárcel y llegaron a tierra firme.

Huir de Alcatraz tal vez no era tan difícil. Llegar a la bahía, a la verdadera libertad, era lo imposible: mar tempestuoso, aguas heladas, tiburones caprichosos, todo hacía imposible el éxito de una fuga. Porque, además, si el escape se descubría a tiempo, cuando llegabas a nado a la costa, helado y con los pulmones en llamas, siempre había alguien esperándote para devolverte a La Roca.

Pero en 1962, los hermanos Anglin y Morris, lo lograron: al menos sus cuerpos nunca fueron devueltos por el mar; se fueron de La Roca en una especie de balsa fabricada con unos impermeables de la prisión y cuatro maderas frágiles; fabricaron muñecos perfectos para que ocuparan sus sitios en la cama de las celdas, para que la fuga fuese descubierta tarde, y se metieron en un túnel excavado durante meses a lo largo de los conductos de ventilación. La leyenda dice que, en su huida perpetua, anduvieron por Brasil. Cincuenta y cinco años después de la fuga, una carta del último de los sobrevivientes reveló que lo habían logrado. Hay dudas, no muy fundadas, sobre la autenticidad de la carta. Es una historia fantástica y misteriosa.

El régimen de Alcatraz era severísimo. Las celdas medían 2,74 metros de largo por 1.52 de ancho. Eran una covacha donde los presos pasaban 23 horas al día; los reclusos tenían prohibido hablar entre ellos durante las comidas, repartidas en tres turnos de veinte minutos; el trato de los guardias era vejatorio, amparaba el castigo corporal y las torturas psicológicas; existía un castigo para los díscolos: “El Agujero”, seis celdas mínimas donde los sancionados pasaban entre quince y diecinueve días de aislamiento total, desnudos y en silencio.

La prisión tenía una política eficaz, brutal, pero eficaz: forzaba la desesperación y castigaba a los desesperados. Era una cárcel hecha para quebrar a los inquebrantables, con un alto índice de suicidios y de peleas internas; una cárcel donde todos estaban presos, reclusos, guardias y familiares de los guardias, que disponían, además de departamentos para vivir durante sus días de turno en La Roca, de un almacén, una cafetería y un bowling. No era la gloria.

La tragedia que terminó en la batalla de Alcatraz estuvo destinada a que sus tres cabecillas, Joseph Cretzer, Bernard Paul Coy y Marvin Hubbard, y tres cómplices, Sam Shockley, Miran Edgar Thompson y Clarence Carnes, decidieran jugarlo todo en un plan elaborado con cuidado, con precisión y con esperanza. Era un plan, el de Coy, que preveía sangre, a ser posible siempre ajena.

Después de estudiar la rutina de los guardias, decidieron tomar la armería del penal, en el costado oeste de Alcatraz, lo que les iba a permitir capturar a algunos guardias como rehenes. Fue Coy quien llegó hasta la puerta del depósito de armas, custodiada por un guardia. En el piso de abajo, sus cómplices armaron un simulacro de pelea y cuando el guardia se asomó al barandal de la galería para ver qué sucedía, Coy lo atacó por la espalda y lo estranguló con su propia corbata. Fue el primer muerto de la batalla. Tomaron a nueve oficiales como rehenes y se repartieron armas y balas. Buscaban una llave, la del patio de recreo porque, estaban seguros, les iba a franquear la salida.

Confiscaron las llaves de todos sus rehenes y los encerraron a todos en la celda 403. Había muchas llaves en danza, pero sólo servía una y sólo un oficial, William Miller, la tenía en sus bolsillos. Pero no estaba dispuesto a facilitarle las cosas a sus captores: en un momento de distracción, arrojó la llave tan buscada al inodoro de la celda. Mientras, el resto de los presos tomaba el control del pabellón D y de algunas áreas claves de trabajo de la prisión. Empezó entonces una durísima batalla que duró dos días.

Impulsado por Shockley y por Thompson, y con la certeza de la fuga frustrada, Cretzer disparó a los rehenes en la celda 403 y mató a Miller y a un segundo guardia, Harold Stites. Después, en el fragor de la batalla perdida de antemano, Shockley, Thompson y Carnes regresaron a sus celdas. Carnes era un joven recluso que había llegado a Alcatraz el 6 de julio de 1945, a los 18 años, con una condena a cadena perpetua en sus espaldas por el asesinato del sereno de un garage.

Con los días contados, Alcatraz se preparó para cerrar sus celdas. Y sus puertas. Fue decisión del entonces presidente John Kennedy y, en especial, de su hermano Robert, procurador general, el cargo equivalente a ministro de Justicia. La fama de Alcatraz era insostenible. La de su mentor. J. Edgar Hoover, también. Pero Hoover, un enemigo de los Kennedy, se mantuvo más tiempo en su puesto. Fue Bobby Kennedy quien firmó el cierre de la prisión el 21 de marzo de 1963, con una excusa económica: mantener un preso en La Roca costaba diez dólares diarios, contra los entre tres y cinco dólares del resto de las prisiones americanas, por ejemplo, la de Atlanta, con la que se comparó a Alcatraz. Los vientos, el salitre, el agua de mar y el tiempo habían erosionado más a La Roca que su triste fama. Cuando cerró sus puertas, sus 250 presos fueron transferidos a la cárcel de Marion, en Illinois, construida para reemplazar a Alcatraz.

En 1969, la vieja cárcel fue ocupada por un grupo de nativos americanos de diferentes tribus que reclamaban ese peñasco como propio. La ocupación duró dieciocho meses, lapso en el que muchos de los edificios de la antigua cárcel fueron incendiados o destruidos, entre ellos los cuarteles de la Guardia Costera y la casa del director de la vieja prisión, hasta que Richard Nixon estableció una nueva política de autodeterminación para las etnias nativas.

El antiguo horror es hoy atracción turística. La visitan cerca de un millón y medio de personas por año. Todos llegan en barco al puerto de La Roca, como hacían antes los reclusos, recorren la isla, miran un espectáculo audiovisual con narraciones de viejos presidiarios y anécdotas de ex guardias. Conocen también la historia del heroico oficial Miller, que impidió la fuga de los presos de la Batalla de Alcatraz. Un afiche con su foto lo recuerda en la puerta de la celda en la que murió fusilado.

Los visitantes suelen coincidir en que la atmósfera de Alcatraz es todavía misteriosa y escalofriante.

La Roca parece estar viva.

RT


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