Los héroes americanos de Clint Eastwood, el gran retratista de un hombre cualquiera

Clint Eastwood es el espejo cóncavo capaz de achicar la imagen estilizada de Hollywood cuando les devuelve su reflejo. Nacido a menos de cinco horas en coche de Sunset Boulevard, en plena resaca del crac que sumió al país en la gran depresión, su figura representa la antítesis de lo que la industria de los sueños vende.

 Clint Eastwood es el espejo cóncavo capaz de achicar la imagen estilizada de Hollywood cuando les devuelve su reflejo. Nacido a menos de cinco horas en coche de Sunset Boulevard, en plena resaca del crac que sumió al país en la gran depresión, su figura representa la antítesis de lo que la industria de los sueños vende.

 Un octogenario en activo ante la meca de la juventud y la foto perfecta; un tipo que se fija en los tipos normales frente a un cine donde todos vuelan y van en mallas; un productor que gasta 35 millones para hacer lo que le da gana frente a los gigantes que invierten 200 millones; un republicano que se atrevió a criticar a Barack Obama – inolvidable el «discurso» de la silla vacía– cuando el presidente era el nuevo dios de actores y directores…

 El último clásico que todavía pone el foco en los blancos de los suburbios de la américa profunda sin crítica ni ironía, elevando unos valores que ya pocas veces aparecen en las sinopsis del cine americano.

Si a John Ford lo acusaron de fascista por, entre otros pecados, elevar el militarismo (cuando tiene alguno de los discursos antibelicistas más reseñables de la historia), con Eastwood no fueron más amables. «Es mucho mejor que las premisas repelentes en las que se basa», se vanaglorió el crítico estrella de «The New Yorker» al descubrir, 35 años después, «Impacto súbito», la única de las cinco películas de Harry el sucio que además de protagonizar también dirigió Clint Eastwood.

De ese Harry Callahan malencarado y reprobable al Richard Jewell de su último filme, un tipo bobalicón y devorador de donuts con una rectitud moral tan extraña como incuestionable. Eastwood siempre ha demostrado una mano en la construcción de personajes que evidencia que su mirada al interior es más penetrante incluso que aquella suya de «El bueno, el feo y el malo».

Pero al Hollywood actual (el Hollywood liberal, que diría Seth MacFarlane), los viejos símbolos que más le gustan son los retirados. Iconos de un pasado que saltan de alfombra roja a la charla televisada tamizando los tiempos pasados con la luz del presente.

 Pero incombustible e inagotable, Eastwood no se resiste a la jubilación, y prefiere la silla de director en el set que la de los homenajes. Y con ese gesto, y con las historias que cuenta, y con los protagonistas que elige, le da la vuelta a Hollywood como a un calcetín.

Y con eso, y seguro que por eso, los Oscar le ignoran desde que se fijó en lo que se han dado a llamar como los héroes normales de Clint. Ni el Oscar honorífico que a otros veteranos sí les han dado estando en activo ha caído en sus manos. No toca el dorado del galardón desde el 2004, con «Million Dollar Baby».

«No he tomado la decisión consciente de rodar películas sobre héroes, lo que quiero es mostrar a las personas que tienen la fortaleza de hacer cosas extraordinarias», dijo en ABC con el estreno de su «Tren a París» (2017), en la que filmó a los mismos tres americanos que redujeron a un terrorista en un viaje por Francia.

Antes había escogido la biografía del SEAL Chris Kyle en «El Francotirador» (2014) para mostrar el indestructible sentido del honor de los marines; también retrató a Chesley Sullenberger en «Sully» (2016), en la que un abnegado y experto piloto veterano tiene que luchar contra la burocracia de las grandes corporaciones y el gobierno que quieren culparle pese a salvar a todo el pasaje de una muerte segura.

En «Mula» (2018) volvió a ponerse delante de las cámaras con un nuevo gran torino, otro veterano que tiene que seguir trabajando en lo que puede para sobrevivir.

El último ha sido «Richard Jewell» (2019), otro tipo que debe enfrentarse como un orondo David al Goliat encarnado por el estado profundo (el FBI, los abogados sin escrúpulos, la mala prensa…).

A todos estos héroes de la calle, tipos corrientes con biografías extraordinarias, se ha acercado Clint Eastwood con un prisma sencillo, a medio camino del homenaje a la persona como de la crítica al sistema. O mejor, del homenaje a lo bueno del sistema (encarnado por sus personajes) y crítica a los vicios del mismo sistema. Las dos caras de un país que tanto Eastwood como sus protagonistas aman y que nadie ha sabido reflejar con tanta mala cara y buen corazón como él.

Abc.es

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *